El 19 de julio de 939 un eclipse total de Sol oscureció los cielos de la meseta del Duero. Para muchos de sus contemporáneos aquel fenómeno fue un presagio. Apenas unas semanas después, junto a la fortaleza de Simancas, el poderoso ejército del califa Abderramán III chocó con la coalición cristiana reunida por Ramiro II de León. Lo que había comenzado como una gran ofensiva destinada a someter definitivamente al reino leonés terminó, tras varios días de combates y una persecución que culminó en Alhándega, convirtiéndose en una de las derrotas militares más graves sufridas por el Califato de Córdoba durante el siglo X.
El contexto histórico
Desde que se proclamó califa en 929, Abderramán III (al-Nāṣir li-dīn Allāh) había consolidado el poder omeya en al-Ándalus. Tras sofocar las principales rebeliones internas y reforzar su autoridad sobre las marcas fronterizas, dirigió repetidas campañas contra los reinos cristianos del norte con el propósito de asegurar la frontera y reafirmar la supremacía cordobesa.
Su principal adversario era el Reino de León, gobernado desde 931 por Ramiro II, el monarca cristiano más poderoso de la Península en aquel momento. Lejos de limitarse a una actitud defensiva, Ramiro respondió con ofensivas al sur del Duero. En 932 llegó a ocupar temporalmente Madrid (Mayrit o Magerit) y ejerció una fuerte presión sobre Toledo. Además, estableció contactos con algunos gobernadores musulmanes de la frontera, una maniobra diplomática que el califa interpretó como un desafío directo a su autoridad.
Decidido a restaurar el prestigio omeya, Abderramán III organizó en 939 una gran expedición conocida por las fuentes árabes como la Campaña del Poder Supremo (Gazat al-Qudra) o Campaña de la Omnipotencia. Su objetivo era derrotar a Ramiro II, recuperar la iniciativa en el valle del Duero y abrir el camino hacia Zamora.
El ejército reunido fue uno de los mayores movilizados por el Califato durante el siglo X. En él participaron contingentes procedentes de numerosas coras y marcas fronterizas, entre ellos las tropas de Muhammad ibn Hashim (Abu Yahya), señor de Zaragoza. Las crónicas medievales hablan de cifras extraordinarias —hasta 100.000 combatientes—, aunque la historiografía moderna considera que estos números son claramente exagerados y responden más al impacto causado por la expedición que a su tamaño real.
Informado de los preparativos cordobeses, Ramiro II concentró sus fuerzas en Simancas, una sólida plaza fortificada que dominaba un importante paso sobre el río Pisuerga. A su llamada acudieron el conde Fernán González, al frente del Condado de Castilla; el conde Ansur Fernández, señor de Monzón; y el rey García Sánchez I de Pamplona, además de contingentes procedentes de Galicia y Asturias. La coalición cristiana reunía así a los principales poderes del norte peninsular.
La llegada a Simancas
A finales de julio o en los primeros días de agosto, el ejército califal alcanzó las inmediaciones de Simancas. Tras cruzar el Pisuerga —probablemente por un vado situado cerca de la actual localidad de Geria, unos kilómetros al oeste— estableció su campamento frente a la fortaleza.
La batalla se desarrolló en la margen derecha del Pisuerga, al noreste de Simancas, durante varios días de intensos combates. Las fuentes cristianas destacan especialmente el 6 de agosto, festividad de los santos Justo y Pastor, como la jornada decisiva del enfrentamiento, aunque es probable que la lucha se prolongara antes y después de esa fecha.
Los cordobeses lanzaron repetidos ataques contra las posiciones cristianas. En algunos momentos, según las propias fuentes árabes, las líneas de Ramiro II estuvieron cerca de romperse. Sin embargo, la coalición logró reorganizarse y respondió con vigorosos contraataques que acabaron desordenando al ejército omeya.
Durante la lucha fue capturado Abu Yahya, gobernador de Zaragoza, mientras que el propio Abderramán III llegó a encontrarse en una situación comprometida, salvándose por poco de caer prisionero o morir en combate.
Finalmente, incapaz de tomar Simancas y con un ejército cada vez más castigado por las pérdidas, el califa ordenó la retirada.
Alhándega
La victoria cristiana no concluyó con la retirada musulmana. Ramiro II ordenó perseguir al ejército califal en retirada, que continuó retrocediendo hacia el sur.
Durante esa persecución tuvo lugar un segundo enfrentamiento en un lugar denominado Alhándega (al-Khandaq, «el barranco» o «la fosa»). Los Anales Castellanos Primeros sitúan este episodio hacia el 21 de agosto de 939, aunque su localización exacta sigue siendo objeto de debate. Se han propuesto diversos emplazamientos, tanto en la actual provincia de Soria como en el valle del río Alhándiga, en Salamanca.
Las tropas cordobesas quedaron atrapadas en un terreno abrupto y desfavorable, donde sufrieron una nueva derrota. La retirada terminó convirtiéndose en una auténtica desbandada.
Según relata Ibn Hayyan, el propio califa tuvo que abandonar parte de su equipaje personal, incluida su tienda de campaña, una valiosa cota de malla adornada con oro y un ejemplar del Corán de gran valor. Diversos oficiales rompieron la disciplina y huyeron del campo de batalla. Entre ellos se encontraba Fortún ibn Muhammad, wali de Huesca, acusado posteriormente de traición. Capturado tiempo después, fue crucificado por orden de Abderramán III a las puertas del alcázar de Córdoba como castigo ejemplar.
Las fuentes y el problema de las cifras
La batalla de Simancas está documentada tanto por cronistas cristianos como musulmanes, lo que permite reconstruir los acontecimientos con un grado de detalle poco habitual para la época.
Entre las fuentes cristianas destacan la Crónica de Sampiro, redactada a comienzos del siglo XI, y los Anales Castellanos Primeros. Del lado andalusí sobresale el Muqtabis de Ibn Hayyan, que conserva testimonios contemporáneos, entre ellos el del secretario califal Isa ibn Futays, presente durante la campaña, además de materiales procedentes de al-Razi.
Las cifras de bajas ofrecen enormes discrepancias. Sampiro atribuye al ejército musulmán 80.000 muertos, mientras que algunas crónicas árabes reducen la cifra a unos 50.000. Los Anales Castellanos hablan únicamente de 3.000 caídos. Ninguna de estas cantidades puede considerarse fiable; responden más a la retórica medieval que a un recuento real de víctimas.
Lo que sí parece fuera de duda es que el ejército califal sufrió pérdidas muy importantes, abandonó abundante material durante la retirada y dejó numerosos prisioneros en manos de los vencedores.
Consecuencias
Abderramán III regresó a Córdoba el 14 de septiembre de 939 profundamente afectado por el fracaso de la expedición. Poco después ordenó ejecutar a varios mandos militares a quienes responsabilizó de la derrota por cobardía o desobediencia.
La campaña marcó un punto de inflexión en su reinado. Aunque el Califato siguió siendo la mayor potencia política y económica de la península, el califa nunca volvió a dirigir personalmente otra gran expedición militar contra los reinos cristianos.
Para Ramiro II, la victoria supuso la consolidación del dominio leonés sobre las tierras situadas al norte del Duero y favoreció el avance de la repoblación hacia la línea del Tormes. En las décadas siguientes se reforzó la ocupación de nuevas plazas estratégicas del interior peninsular, consolidando el proceso de expansión cristiana.
La batalla de Simancas fue recordada durante siglos como una de las grandes victorias medievales de los reinos cristianos hispánicos. Más allá de las exageraciones de las crónicas, representó el fracaso de la mayor ofensiva emprendida por Abderramán III contra León y confirmó que el equilibrio militar en la frontera del Duero comenzaba a inclinarse a favor de los estados cristianos del norte.


