Hay intelectuales que se equivocan. Hay otros que engañan. Y hay unos pocos cuya obra parece concebida para corroer, uno tras otro, los pilares sobre los que descansa cualquier civilización digna de ese nombre. Michel Foucault pertenece a esta última categoría. No fue simplemente un pensador provocador ni un inconformista brillante. Fue el gran disolvente de la verdad, de la naturaleza humana y de las barreras morales que protegen al débil frente al fuerte. Su influencia no se mide por las citas académicas que acumula, sino por el deterioro cultural que ha contribuido a normalizar: una época incapaz de distinguir entre verdad y poder, entre realidad y relato, entre libertad y licencia.
El núcleo de su pensamiento parte de una premisa devastadora: la verdad no existiría como algo independiente del poder. Todo lo que una sociedad considera verdadero sería el producto de relaciones de fuerza, de intereses y de mecanismos de dominación. Con esa idea, la filosofía deja de ser una búsqueda de lo real para convertirse en una sospecha permanente. Si toda verdad es únicamente una estrategia del poder, entonces tampoco puede afirmarse que esa tesis sea verdadera. El sistema entero se derrumba sobre sí mismo. Sin embargo, antes de hacerlo arrastra consigo la posibilidad misma de un juicio racional. Ya no existen hechos que descubrir ni principios que defender: solo discursos enfrentados. La consecuencia no es una mayor libertad intelectual, sino la capitulación de la razón. Foucault decía desenmascarar el poder, pero terminó convirtiéndolo en la única realidad verdaderamente existente.
Para cualquier tradición filosófica realista, y muy especialmente para la tradición cristiana, esta inversión resulta profundamente destructiva. Si todo es construcción histórica, también lo son la ley natural, la naturaleza humana y el orden moral. La creación deja de poseer un significado propio y pasa a ser un relato impuesto por quienes dominan. No se trata de pensamiento crítico, sino de nihilismo revestido de sofisticación académica.
La misma lógica aparece en su concepción de la sexualidad. En lugar de reconocer que el ser humano posee una naturaleza corporal objetiva, Foucault sostiene que las categorías sexuales son productos del discurso y de las relaciones de poder. El cuerpo deja de ser una realidad para convertirse en un texto susceptible de reescribirse indefinidamente. Sin embargo, el dimorfismo sexual no nació en una biblioteca ni fue decretado por un parlamento: es una realidad biológica. Negarlo no amplía el conocimiento; lo sustituye por ideología. Desde esa negación se han legitimado procesos que hace apenas unas décadas habrían parecido inconcebibles: la medicalización de menores sanos, el borrado jurídico de la diferencia sexual, la erosión de los espacios diferenciados para mujeres y la progresiva desnaturalización de la familia. Foucault no liberó el deseo; proporcionó el vocabulario con el que combatir cualquier límite fundado en la realidad del cuerpo.
Pero donde su filosofía muestra con mayor crudeza su deriva es en la cuestión de la protección de los menores. En 1977 apoyó públicamente una petición para despenalizar determinadas relaciones sexuales entre adultos y menores de edad. No fue un desliz anecdótico ni una extravagancia aislada. Era la consecuencia lógica de una teoría que interpreta los límites legales como simples instrumentos de poder. Si las fronteras entre infancia y edad adulta son solo construcciones sociales, también lo serían las normas destinadas a proteger a los niños. En ese punto el discurso emancipador revela su auténtico rostro: el deseo del adulto adquiere prioridad sobre la vulnerabilidad del menor. Difícilmente puede imaginarse una inversión moral más inquietante.
Algo semejante ocurre con su visión de la enfermedad mental. En Historia de la locura, el manicomio y la psiquiatría aparecen principalmente como mecanismos de exclusión social. La locura deja de ser un sufrimiento que reclama cuidado para convertirse en una identidad reprimida por el poder. Esta lectura convirtió el dolor psíquico en un objeto de interpretación política y estética, debilitando la percepción de la enfermedad como una realidad que exige tratamiento y protección. La compasión fue sustituida por la sospecha. Y cuando la sospecha ocupa el lugar de la responsabilidad, quienes más sufren suelen ser precisamente los enfermos.
Su juicio político tampoco invita a la indulgencia. Durante la Revolución Islámica iraní vio en el nuevo régimen una forma de «espiritualidad política». Mientras el entusiasmo revolucionario ocupaba las páginas de sus artículos, comenzaban ya las ejecuciones, la persecución de los disidentes y la opresión sistemática de las mujeres. Su reacción posterior fue tan tenue que apenas puede llamarse rectificación. El episodio revela una constante de su pensamiento: fascinación por cualquier fuerza que desafíe a Occidente y escasa sensibilidad hacia las consecuencias concretas de ese desafío cuando desemboca en tiranía.
Algo parecido sucede con su interpretación del sistema penal. Al presentar la prisión moderna como un refinamiento de las técnicas de dominación, termina difuminando la diferencia moral entre quien delinque y quien padece el delito. La seguridad pública deja de ser un bien común para convertirse en una sospechosa estrategia de control. Esa manera de pensar ha alimentado una cultura que contempla con desconfianza a quienes hacen cumplir la ley y con creciente indulgencia a quienes la quebrantan.
El legado de Foucault consiste precisamente en haber proporcionado el arsenal conceptual del progresismo contemporáneo. Si todo es poder, toda norma resulta sospechosa; si toda identidad es una construcción, ninguna naturaleza merece ser defendida; si toda diferencia es un artificio, cualquier límite puede presentarse como opresión. De esa matriz intelectual han brotado buena parte de las políticas identitarias, del relativismo moral y de la desconfianza sistemática hacia la ciencia cuando contradice determinadas agendas ideológicas. Lejos de producir una sociedad más libre, este proceso ha favorecido una cultura más fragmentada, más incapaz de reconocer verdades compartidas y más hostil hacia cualquier idea de bien común.
La obra de Foucault se parece al ácido: no construye, disuelve. Disuelve la verdad hasta convertirla en una relación de fuerzas; disuelve la naturaleza hasta reducirla a un relato; disuelve la protección de los más débiles al presentar los límites morales como simples mecanismos de control; disuelve, en definitiva, la posibilidad misma de sostener un juicio objetivo sobre el bien y el mal. Que todavía sea celebrado como un gran liberador dice menos de su filosofía que del alcance de su victoria cultural.
Frente a ese legado, la tradición tiene el deber de recordar una verdad tan antigua como necesaria: existe una realidad que no depende de quien la narra, un cuerpo que no puede ser reinventado por decreto, una infancia que merece protección precisamente porque es vulnerable y un orden moral que no nace del poder, sino que limita al poder. Allí donde Foucault enseñó a sospechar de todo, conviene volver a afirmar que algunas cosas son verdaderas, algunas fronteras son justas y algunos límites constituyen la condición indispensable de toda libertad auténticamente humana.


