Caricatura política en blanco y negro con detalles en rojo. Un sacerdote con uniforme militar, gorra con estrella roja y un fusil AK-47 predica desde el atril de una iglesia. Sostiene un libro rojo con el título 'El Manifiesto Comunista', mientras la Biblia permanece cerrada a un lado. Al fondo, un crucifijo yace descolgado en el suelo y en su lugar sobre la pared se muestra el símbolo de la hoz y el martillo. En los bancos, la congregación observa con incredulidad.
Sermón ideológico: La hoz y el martillo ocupan el lugar de la Cruz

Teología de la liberación: cuando el marxismo se viste de Evangelio

Existen errores que no se presentan como negación abierta de la Fe, sino como su radicalización. Errores que llegan envueltos en el lenguaje de la caridad, de la justicia y de los pobres, y que precisamente por eso resultan más difíciles de detectar y más peligrosos de combatir. La teología de la liberación, en varias de sus expresiones más influyentes, fue uno de esos errores. Nació de una inquietud legítima y terminó, en no pocos de sus desarrollos, adulterando el Evangelio hasta hacerlo servir a una ideología que la Iglesia había condenado de forma reiterada y solemne: el marxismo.

No se trata aquí de negar el escándalo de la pobreza ni de justificar las injusticias que han marcado Iberoamérica. La Iglesia ha denunciado ambas realidades con insistencia. Se trata de recordar con fidelidad lo que el Magisterio discernió: que una corriente teológica surgida a finales de los años sesenta incorporó de manera acrítica el análisis marxista y, al hacerlo, produjo una grave desviación de la Fe cristiana.

El marxismo ya estaba condenado

Antes de que irrumpiera la teología de la liberación, la Iglesia ya había emitido un juicio categórico, constante y riguroso contra la doctrina marxista, en una línea magistral ininterrumpida que continuó sin fisuras hasta el siglo XXI. Ya en 1846, dos años antes del Manifiesto Comunista, Pío IX denunció el comunismo en Qui Pluribus como una doctrina contraria al derecho natural, condena que ratificaría en el Syllabus de 1864. León XIII abordó el problema con calado filosófico: en Quod Apostolici Muneris calificó al comunismo de “peste mortífera” y en Rerum Novarum rechazó la lucha de clases, defendió la propiedad privada y demostró que la vía socialista resulta destructiva para los propios trabajadores.

El siglo XX endureció este juicio. Pío XI dejó sentado en Quadragesimo Anno que el socialismo es incompatible con la fe católica, para luego promulgar en 1937 la encíclica Divini Redemptoris, donde condenó solemnemente el comunismo ateo como un sistema intrínsecamente perverso con el que no cabe colaboración alguna. Pío XII llevó la condena al plano canónico mediante el Decreto del Santo Oficio de 1949, excomulgando a los fieles que profesaran o difundieran la ideología comunista. Juan XXIII en Mater et Magistra y Pablo VI en Octogesima Adveniens ratificaron que el análisis marxista es inseparable de su matriz atea.

Lejos de diluirse, el rechazo se afianzó con San Juan Pablo II, quien tras haber sufrido de primera mano la opresión soviética, dedicó las encíclicas Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus a desmontar el error antropológico del marxismo, señalando que al reducir al hombre a meras relaciones económicas se anula la libertad personal y la trascendencia. Igualmente, Benedicto XVI en Deus Caritas Est y Spe Salvi fustigó la ilusión marxista de pretender construir un paraíso terrenal mediante la revolución y la lucha de clases, calificando el materialismo marxista de falso mesianismo que solo genera destrucción.

El marxismo no es un instrumento sociológico neutro ni una simple herramienta de análisis. Es una visión total del hombre y de la historia que niega la trascendencia, reduce la persona a un engranaje socioeconómico y convierte el conflicto en motor social. Pretender adoptarlo, aunque sea de forma parcial o como método, supone introducir en el pensamiento cristiano una matriz opuesta a la Fe. Por eso, la pretensión de releer el Evangelio a través de categorías marxistas supuso ignorar de forma deliberada un cuerpo doctrinal pontificio unánime, rotundo y plenamente vigente.

El contexto de su aparición

La teología de la liberación nace en el ambiente efervescente que siguió al Concilio Vaticano II y, de modo particular, a la Conferencia de Medellín (1968). Amplios sectores de la Iglesia latinoamericana vivían una profunda inquietud ante la miseria de grandes masas de población. En ese contexto, Gustavo Gutiérrez publicó en 1971 Teología de la liberación. Perspectivas, obra que dio nombre y carta de naturaleza a la corriente. Leonardo Boff, Jon Sobrino, Juan Luis Segundo y otros la desarrollaron con distinta intensidad.

Lo que comenzó como preocupación pastoral se transformó, en sus versiones más influyentes, en una relectura del cristianismo a través de categorías marxistas.

El juicio del Magisterio

La Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo la dirección del cardenal Joseph Ratzinger —el futuro Papa Benedicto XVI— y con la aprobación de san Juan Pablo II, se pronunció con claridad en dos documentos fundamentales: Libertatis Nuntius (1984) y Libertatis Conscientia (1986).

En el primero se afirma que determinadas formas de teología de la liberación constituyen una grave desviación de la Fe cristiana y llegan a ser una negación práctica de la misma. El documento señala de manera particular:

  • La reducción de la Fe a un humanismo terrestre;
  • El empleo acrítico del método marxista de análisis de la realidad, inseparable de una filosofía atea;
  • La identificación de la categoría bíblica de “pobre” con la categoría marxista de “proletariado”;
  • La subordinación de la verdad doctrinal a la praxis.

Es importante subrayar que el Magisterio no condenó la teología de la liberación en su totalidad, sino aquellas corrientes que asumieron de manera acrítica el análisis marxista. El Magisterio no condenó el amor a los pobres. Condenó la adulteración de ese amor cuando se pone al servicio de una concepción del hombre y de la historia incompatible con la Revelación. Y lo hizo sabiendo perfectamente que esa concepción —el marxismo— ya había sido rechazada por la Iglesia décadas antes.

De la teoría a las consecuencias

Las ideas no permanecieron en el terreno abstracto. Varios de los principales exponentes y de sus discípulos cruzaron hacia el compromiso político revolucionario. Ernesto Cardenal fue ministro de Cultura del régimen sandinista. Otros sacerdotes se integraron en guerrillas —como fue el caso de Camilo Torres— o las justificaron teológicamente.

En no pocos círculos se presentó la violencia revolucionaria como respuesta legítima a la “violencia institucionalizada”. El resultado histórico es elocuente. Allí donde esta lectura ideologizada influyó con más fuerza, no se produjo una sociedad más justa ni más cristiana. Se fortalecieron proyectos políticos que, invocando al pueblo, generaron nuevas formas de opresión y de miseria.

La respuesta disciplinar de la Iglesia

El Magisterio no se limitó a la clarificación teórica o doctrinal; aplicó medidas concretas de gobierno eclesial para frenar la propagación de estos errores. Leonardo Boff fue sometido en 1985 a un período de silencio obsequioso (prohibición de publicar, enseñar y dar entrevistas) por su obra Iglesia: Carisma y Poder. Ernesto Cardenal fue suspendido a divinis en 1984 por el papa Juan Pablo II por negarse a renunciar a su cargo como ministro de Cultura en el gobierno sandinista de Nicaragua —una sanción que el papa Francisco levantaría décadas más tarde, en 2019, en el lecho de muerte del poeta—. Por su parte, Jon Sobrino recibió en 2006 una Notificación formal de la Congregación para la Doctrina de la Fe que señalaba proposiciones erróneas o peligrosas en sus escritos, especialmente en su cristología, al alterar la comprensión de la divinidad de Cristo y la naturaleza de la Redención.

La cuestión que permanece

Las instrucciones de 1984 y 1986 no han sido abrogadas. Siguen siendo el criterio vigente. Es legítimo y necesario insistir en la opción preferencial por los pobres, que pertenece a la Doctrina Social de la Iglesia. Lo que no es legítimo es reintroducir, bajo nuevos lenguajes, los mismos errores que el Magisterio ya corrigió.

El marxismo fue condenado porque es intrínsecamente incompatible con la Fe cristiana. Una teología que lo adopta como clave de interpretación de la realidad se coloca, en esa medida, fuera del ámbito seguro de la doctrina católica. No hay neutralidad posible en este punto.

La verdadera liberación cristiana sigue siendo la que liberó a los santos: aquella que arranca al hombre del pecado, lo reconcilia con Dios y lo introduce en la vida de la gracia. Cualquier intento de reducir esa liberación a un proyecto político intramundano, por nobles que parezcan sus intenciones, traiciona el Evangelio.

La Cruz no es un instrumento de la revolución. Es el instrumento de la Redención. Solo desde ella se puede hablar con verdad de liberación.

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